Con el despuntar de la primavera, a los balcones de Moscú le salen todos los dientes.
No son dientes de león, sino colmillos de tigre (de tigre de dientes de sable), pavorosas estalactitas puntiagudas que penden de aleros, cornisas, tejadillos y demás encías arquitectónicas.
Cónicos y afilados como incisivos de Nosferatu, los carámbanos crecen estos días con frenesí licantrópico, pero se caen como dientes de leche.
Decenas de víctimas colaterales por ‘mordedura’ de estalactita han sido hospitalizadas a lo largo de la última semana.
Son tridentes que caen del cielo. Rejonazos traperos. Millones de espadas de Damocles en busca de nuca. Picotazos de pterodáctilo. Colmillos de Drácula con vocación de estaca. Las rebabas del diablo.
Si el ‘deshielo’ fue la etapa de distensión entre la URSS y EEUU que condujo a la reducción de arsenales atómicos, desde un punto vista estrictamente climático, el deshielo supone el rearme hasta los dientes de los balcones y cornisas rusas, que se recargan estos días con peligrosos misiles aire-tierra. Algunos caen sobre el cogote del confiado del viandante como proyectiles teledirigidos. Lo clavan, vaya.
Es un peligro cenital y prehistórico (porque a saber cuantos hombres de cromagnon murieron descalabrados por témpano doméstico en su cueva).
Advertencia: si se salta a la torera las cintas que acordonan las zonas de peligro, corre riesgo de descabello. Duchos en el arte de romper el hielo, cientos de operarios desdientan estos días las estalactitas, rasuran el peligroso flequillo de Frankenstein que festonea las cornisas, en una maniobra si cabe tan peligrosa para el viandante despistado como el desprendimiento natural de los estoques de hielo.
Hablar distraídamente por el móvil mientras se camina por zona de chuzos puede resultar más peligroso que arbitrar un pulso entre Freddy Kruger y Eduardo Manostijeras.

Parece comprobado que los gorros de piel no ayudan cuando la estalactita impacta sobre el cogote con precisión de trinchador de aceituna de doble diente. Se recomienda mejor yelmo castellano del siglo XVI o casco de piloto de MiG-29.
El peligro de descalabro y el de caída sobre hielo caminan de la mano por las aceras heladas de Moscú, recubiertas la mayoría por placas de hielo pulido que los operarios del sector machacan con espátula con ensañamiento de picador.
Un paseo por determinadas zonas de Moscú es hoy lo más alejado a transitar por el idílico camino de baldosas amarillas del Mago de Oz. Entre otras cosas, porque exige al viandante una pericia visual propia de juez de línea, necesaria para mirar de reojo las estalactitas mientras se vigila el suelo, de igual modo que los linieres desdoblan su mirada hasta los bordes mismos del estrabismo para atender al balón y al último defensa.
¿Qué es más peligroso: caer y romperse la cadera o ser trepanado por un témpano? Yo, preferentemente, me quedo con lo primero: siempre será mejor morder el polvo (de nieve) que dejarse morder el colodrillo.
Un pequeño garbeo por las aceras intransitables del deshilo bastará para que a uno le entre complejo de Mario Bross, obligados como estamos a superar obstáculos de toda índole, a caminar de puntillas evitando patinar sobre placas de hielo y a sortear los charcos de barro-nieve sin perder nunca de vista a los carámbanos o pedruscos de hielo que acechan en lo alto.
Debido al amplio abanico de habilidades motoras que todo ello exige al viandante, creo que el esquive de carámbano sobre hielo debería ser incluido como disciplina olímpica en los próximos Juegos de Sochi 2014. Quizás, de este modo Rusia pueda mejorar su desastrosa participación en las pasadas Olimpiadas de Vancuver, donde sólo ha cosechado tres oros y ocupó una humillante undécima posición en el medallero que ha hecho refunfuñar al presidente Dimitri Medvedev.
Los transeúntes heridos por la ‘ruleta rusa’ de los carámbanos, se cuentas por decenas en todo el país. El sábado una mujer murió en San Petersburgo descalabrada por un témpano de hielo cuando caminaba ante el edificio del ministerio del Interior.Otros tres peterburgueses se encuentran hospitalizados en estado grave tras resultar mordidos por la dentadura postiza del deshielo ruso. Este año el número de afectados podría crecer como bola de nieve debido a las copiosas nevadas registradas la pasada semana tanto en la antigua capital zarista (las mayores desde 1881) como en Moscú, donde no caía tanta nieve desde 1966.
“Todos lo monstruos tienen paciencia”, escribe Fernando Sánchez Dragó a cuento del montacargas que mató a su querido gato Soseki. El aliento templado del deshielo ruso, ese ‘dragón’ con las fauces ribeteadas por hileras de millones de dientes, ya espera a su próxima víctima.
desde El deshielo ruso está que muerde | Crónicas desde Europa | Blogs | elmundo.es.